domingo, 31 de julio de 2016

Democracia en Europa

El activista de la entrada del otro día se quejaba de que él TTIP era un peligro para la democracia, y el ciclista, es decir, yo mismo, que pasaba por allí, le espetaba que un tratado comercial no debía ser el peligro que decía.

Para empezar, habría que preguntarse qué cosa es ésa de la democracia a la europea. Se supone que una democracia es un sistema de gobierno en el que manda el pueblo, pero en Europa, y conozco los sistemas políticos de bastantes países, no veo yo que el pueblo mande mucho. Somos demasiados para que el voto de alguien sea relevante.

La democracia tiene posibilidades en entidades políticas pequeñas. En la Grecia clásica, que es donde se inventaron el concepto, tenía su sentido en cada una de las polis, e incluso dentro de ellas no todo el mundo tenía derecho a voto, ni mucho menos. En Atenas, considerada la quintaesencia de la democracia clásica, la gran mayoría de la población eran esclavos o extranjeros. Aristóteles, que no había nacido en Atenas, nunca pudo votar allí y, como tampoco le dejaban tener la propiedad de ningún inmueble, se las vio y se las deseó para abrir su escuela cuando consideró que no estaba de acuerdo con la Academia. Nunca le dieron la ciudadanía. Y en Esparta llegó un momento en que literalmente votaban cuatro gatos, que eran los espartiatas que quedaban: de los periecos e hilotas nadie se acordaba nunca como no fuera para aterrorizarlos.

Los demócratas griegos estarían muy ufanos y presumirían mucho de sus victorias en las guerras médicas, contra un enemigo muy superior, e incluso crerían que su sistema era mejor, pero lo cierto es que, no tantos años después, se los llevó por delante una entidad política no democrática, como era Macedonia. Y luego Roma, que desde luego no era democrática en el sentido actual.

Desde entonces, y hasta el día de hoy, nos debatimos en un dilema irresoluble. Por una parte, mola ser demócrata y que todo el mundo, incluso los activistas contra el TTIP, tengan su parcelita de poder, y eso se consigue sólo en el nivel municipal, mejor cuanto más pequeño sea el municipio. Por otra parte, la realidad es tozuda, y nos muestra, ya desde la Grecia clásica, que el pez grande se come al chico, y las excepciones, como las guerras médicas, son tan increíbles que los relatos sobre ellas son devorados con admiración incluso hoy.

En el Antiguo Régimen, las cosas estaban organizadas con cierto equilibrio. Había una entidad política superior, vale, que era el rey y sus ministros, pero con un peso bastante limitado en la vida del país y un aparato bastante modesto. El peso del sector público formal en el Antiguo Régimen nunca pasó del 10% del PIB y en la mayoría de los sitios tampoco del 5%, los impuestos eran bastante bajos y el rey y sus ministros subvenían a sus necesidades en buena parte con bienes patrimoniales. En las ciudades no vivía apenas nadie, mientras que más del 80% de la población vivía en los pueblos, muchos muy pequeños, y obviamente participaba en la vida municipal, gobernada con instituciones forales ¿Era un sistema democrático? No lo era formalmente, porque, además, en bastantes sitios había limitaciones al poder del municipio, vale, pero tengo la impresión de que la opinión de cada uno contaba mucho más de lo que cuenta hoy, en que el porcentaje se ha invertido y el 80% de la población vive en ciudades donde el voto tiene un valor infinitesimal ya a nivel municipal y donde, por si fuera poco, los municipios no mandan nada, han perdido todos sus bienes comunales y tienen que ir mendigando recursos del Estado y de las Comunidades Autónomas, ese ente intermedio con el que nos quieren hacer creer que la administración se acerca al ciudadano. El sector público pesa la mitad del PIB, o más en algunos sitios, mandan quienes deciden los partidos políticos, unas asociaciones fáciles de manipular por unos pocos, y encima nos quieren hacer creer que esto es democracia.

Añorar el Antiguo Régimen, como hacemos algunos, está muy bien, pero fuerza es reconocer que, como nos recuerda el escudo de Bélgica, la unión hace la fuerza. Podemos partirnos de risa al pensar lo poco que en Bélgica siguen sus propios lemas oficiales, pero, en un mundo globalizado, las unidades políticas pequeñas lo tienen crudo. Los estados pequeñitos, aunque sean ricos como Suiza o Luxemburgo, no pintan nada, y en el consejo de seguridad de la ONU los que tienen derecho de veto son los cinco grandes, y dos de ellos son ahora mucho menos grandes y el día menos pensado se quedan sin veto.

Total, que los estados ven que uno a uno, salvo los tres primos de Zumosol que hay en el mundo, no se comen nada, y se dedican a lo que los cursis llaman integración regional. La Unión Europea es el intento más claro.

El TTIP se enmarca en este ámbito. La peña critica lo de que crea unas garantías para las empresas en caso de cambios legislativos adversos, y esas garantías irían más allá de lo razonable. Con independencia de que efectivamente eso se está negociando y no sabemos qué saldrá de la negociación, lo cierto es que eso ya existe. Existe el CIADI, al que pertenecen los EEUU y todos los países de la UE, menos uno (Polonia), y que protege a las empresas contra los gobiernos de otros países, como bien saben Argentina y Repsol ¿Alguien ha criticado al CIADI por atentar contra la democracia?

Al final, como bien saben en el Reino Unido, se impone la soberanía de cada estado. Antes de que el malhadado TTIP llegue a entrar en vigor, faltan las negociaciones, falta la ratificación por una miríada de Parlamentos, incluyendo el europeo, donde no faltará quien lo vilipendie. Y, aún después de la aprobación, quien considere que es una cuestión lo suficientemente sería siempre puede seguir el ejemplo del Reino Unido y hacer mangas y capirotes del antedicho tratado. Luego se convertirá en un paria internacional poco digno de confianza, pero eso sucede ya con todos aquéllos que no se someten a todo lo que se les dicta, sin necesidad de TTIP, de CIADI ni de zarandajas semejantes.

Así que menos lamentarse por la pérdida de democracia, que ya hace mucho tiempo que se perdió, y más dedicarse a centrar las críticas en lo que de verdad importa. Para algunos será la pérdida de soberanía, para otros el uso de transgénicos, y para otros más simplemente las ganas de fastidiar cualquier cosa que venga de gringolandia, lo cual es perfectamente legítimo, y yo me apunto. Pero que no me vengan con que vamos a perder democracia, por favor, porque de eso sólo queda en alguna aldea, y ni siquiera en mi comunidad de vecinos de Valencia, que domina la vecina del primero, doña Margarita, con mano de hierro y aires dictatoriales que ningún otro vecino se atreve a cuestionar.

Y todos ésos que protestan, podían comenzar por preguntarse si sus pancartas en inglés, en Bruselas, son coherentes con lo que proclaman ¿A que no hay narices para protestar en neerlandés?

Pero eso le toca a la siguiente entrada.

miércoles, 13 de julio de 2016

Activistas

En julio, todos los estudiantes belgas ya están de vacaciones y pueden dedicar sus horas a mejorar el mundo. Uno de ellos formaba parte de un grupo ruidoso y faldicorto apostado junto al chausée d'Etterbeek y se dedicaba a abordar a quienes pasaban por allí esgrimiendo pancartas contra la nueva bestia negra de los luchadores por la libertad que en el mundo son: el TTIP, que es básicamente un acuerdo comercial entre la Unión Europea y los Estados Unidos de América, esos dos emporios capitalistas dedicados, so capa de promover la libertad de comercio, a hacer sufrir al mundo bajo la férula de las grandes corporaciones capitalistofascistas.

El joven en cuestión, que lucía cuatro pelos en guerrilla, a modo de barba y bigote, iba ataviado con un gracioso sombrero, pantalón corto, camiseta multicolor, con una simpática pegatina de un arco iris que debía querer ser un signo de solidaridad con la oprimidad comunidad LGBTI (de momento son cinco letras, más adelante ya veremos). En las manos iba armado, además de con la verdad incontrovertible, con un taco de octavillas antiTTIP y con una pancarta alusiva a la obligación de hacer ruido y a la convicción de que unidos podemos frenar el TTIP y el fascismo.

El joven vio a un ciclista que se acercaba hacia él por el mencionado chaussée d'Etterbeek, seguramente de camino a su trabajo. Un ciclista. Alguien con conciencia medioambiental y que pone su granito de arena para proteger la madre Tierra. Un progresista. Alguien que, por fuerza, debe ser receptivo al mensaje liberador que su grupo se gloriaba en propagar.

El semáforo se puso en rojo, y el ciclista tuvo que detenerse y poner pie a tierra. Nuestro joven se acercó presuroso y abordó al ciclista.

- Buenos días, señor. Estamos protestando contra el TTIP ¿Ha oído usted hablar del TTIP?

El ciclista, un hombre delgado, de rasgos angulosos, y con la cuarentena cumplida de sobra, levantó la cabeza y miró al joven con curiosidad.

- Sí, he oído hablar bastante.

El joven sonrió confiado.

- ¿Podría firmar contra él? Estamos poniendo en marcha una petición para detenerlo.

- ¿Usted está en contra del TTIP?

El joven miró un poco mejor al ciclista, que le hacía una pregunta tan tonta, y tan fácil de responder. Su ropa no era muy llamativa: un sencillo pantalón de tela, una camisa descolorida, un chaleco reflectante bastante venido a menos y zapatillas deportivas.

- Sí, estoy en contra - repuso el joven firmemente.

- ¿Y por qué? - preguntó el ciclsta de inmediato.

El joven balbució, como sorprendido de que hicieran falta motivos para oponerse al TTIP.

- Eh... estoo... porque es un peligro para la democracia - el joven se quedó mirando al ciclista con una sonrisa bobalicona.

El ciclista miró al joven de arriba a abajo, sonrió ampliamente y, puesto que el semáforo se puso en verde, se puso en marcha, diciendo al joven:

- ¿Un tratado comercial es un peligro para la democracia?

El ciclista se alejó, mientras el joven se encogía de hombros y se reunía con sus compañeros (y, sobre todo, con sus compañeras), antes de volver a la carga en busca de otro interlocutor menos preguntón. También es mala suerte, toparse con un ciclista fascista. Un impostor, seguro.

lunes, 11 de julio de 2016

Nadie dijo que fuera sencillo ser valenciano

Ser valenciano fuera de Valencia se está convirtiendo en algo bastante inconfesable en los últimos tiempos. No es que nunca haya sido fácil estar orgulloso de ser valenciano, o por lo menos poderlo mencionar sin desdoro de la opinión que tengan de uno, pero desde hace bastante meses la cosa está resultando especialmente molesta.

Yo, en Bruselas, conozco muy poquitos valencianos y no tengo trato habitual con ninguno. Mi entorno español más cercano está más bien compuesto de madrileños y catalanes, y a algunos de éstos últimos, cuando se van a casa de vacaciones o de fin de semana, no sabes si preguntarles si van a España o qué, por no tener claro de qué pie cojean.

Lo que sí está claro es que, en cuanto conoces a algún español nuevo, y acaba por salir que eres valenciano, cosa que jamás negaré, ya te miran raro.

- Pues menuda está cayendo por allí...

La frasecita de marras era típica del año pasado, cuando los peperos salieron del gobierno regional, y del municipal del cap i casal del Regne, y entró en ellos una amalgama abigarrada de un partido, una coalición y un tercer partido asambleario que los apoya un poco más apartado y que últimamente está coaligado con la coalición. No es fácil explicar semejante galimatías ni siquiera a los compatriotas españolas que viven y se mojan en esta ciudad, Bruselas de mi corazón, en la que llueve a diario varias veces. Si ya Podemos les ha pillado con el pie cambiado y no entendían mucho de qué iba antes de su irrupción, no hablemos de las peculiaridades regionales valencianas, con su Bloc, sus escisiones de Esquerra Unida del Pais Valencià, y esa coalición Compromís que es más compleja que la personalidad de un judío antisemita.

Ese español bruselense, normalmente, y por mucho que conozca el percal, se ha quedado con que la antigua alcaldesa de la ciudad de Valencia, además de diputada autonómica, y hoy senadora en representación de nuestra autonomía por gracia del dedazo de su partido, tiene dificultades judiciales, con que la mayoría de su equipo de gobierno comparte esos problemas en mayor o menor medida, lo que ha dejado esquilmado el grupo municipal pepero.

Y esto es lo que viene a demostrar que, una vez más, Valencia no sólo tiene pésima prensa, sino que es víctima propiciatoria de cualquier prejuicio, hasta el punto de que nadie se corta a la hora de arrojar la primera piedra, como si los demás estuvieran sin pecado. Y, ¿cómo que están sin pecado? ¿Acaso algún madrileño va a tener el rostro de asegurar sin lugar a dudas que ha habido más corrupción en Valencia de la que hay en Madrid? Pues lo tienen, como si Granados, Marjaliza o el marido de Ana Mato y ésta misma se alimentasen exclusivamente de paella y horchata y las tapaderas que se montaron fueran comisiones falleras.

¿Y los catalanes? Pues sí, también los catalanes le miran a uno con cierta conmiseración, como compadeciendo al pobre valenciano que tiene que sufrir que lo esquilmen los políticos que él mismo ha elegido. Y lo dicen con tal superioridad que nadie diría que Pujol y su amplísima familia, a cual más creso a fuerza de desfalcar por doquier, les han estado gobernando varios lustros, y si no están en la cárcel es porque la situación enrarecida que ellos mismos han provocado les da bastante margen de maniobra.

Entendámonos. No tengo ninguna simpatía por los desaprensivos que nos han estado gobernando a los valencianos hasta el año pasado, pero desaprensivos de la misma o peor calaña han estado gobernando en otros sitios, y sin embargo parece que no haya habido más corrupción que en Valencia, y que al hablar de corrupción sólo se mira hacia Valencia como ejemplo paradigmático de madriguera de políticos vivalavirgen.

Lo cual es fundamentalmente injusto, porque Valencia es mucho más que todo eso y, si no fuera por nuestro acendrado meninfotisme, seríamos la vanguardia del mundo mundial. Pero, de momento, lo que me toca es hacer acopio de meninfotisme y adoptar una actitud indiferente cuando alguien pone a caldo a mi Valencia.

Eso sí, con esa actitud, nunca saldremos de pobres.


viernes, 8 de julio de 2016

Divorcio a la británica

Bruselas ha pasado un mes de junio bastante complicado. Y no sólo por las recurrentes redadas entre los sarracenos que la policía belga lleva a cabo con la profesionalidad que le es propia y que no da sino el estudio al que se dedican sus miembros y la práctica que han adquirido en los últimos meses y que les ha conducido a una muy ponderable maestría en su desempeño. No ha sido sólo eso, no. Lo que ha removido los cimientos de esta comunidad tan multicultural, multirreligiosa, multiétnica, y todos los multis que se quiera añadir, ha sido la decisión de diecisiete millones de británicos de tomar las de Villadiego y darse el piro de la Unión Europea, para regocijo de todos los euroescépticos que en el mundo son y solaz de quienes, en cualquier Estado miembro, despotrican contra la casta de eurócratas que, dicen, nos gobiernan sin haber sido elegidos por nadie.

De este último argumento habría bastante que hablar. En mis tiempos de estudiante de Derecho en Alemania, y de eso ya hace más de veinte años, uno de mis profesores, que era funcionario de la Comisión y, efectivamente, no había sido votado por el pueblo, como no lo es hoy funcionario de carrera alguno, decía que eso del déficit democrático de las instituciones europeas había que mirarlo un poco más despacio, porque es verdad que al presidente de la Comisión (en aquel entonces, Jacques Delors) no lo había votado el pueblo, como tampoco a los comisarios, pero del dedazo de algún dictador tampoco habían salido, sino que habían venido nombrados por los gobiernos de los Estados miembros, sometidos al control de sus respectivos parlamentos y cuyo presidente era elegido por ese mismo y respectivo parlamento, que, este sí, había sido elegido por el pueblo. En el caso español y de bastantes más sitios, en listas cerradas y bloqueadas a mayor gloria de los partidos políticos, no vaya a ser que el pueblo decida equivocarse y dar su plácet a diputados distintos a los que debe.

Entretanto, el argumento de mi profesor, que debe estar disfrutando del retiro dorado que toca a todo funcionario europeo contratado antes de 2004, antes de la entrada de los parias del Este y del cambio a peor de sus condiciones laborales, ha salido reforzado por el hecho de que el presidente de la Comisión (en este caso, como sabemos, Jean-Claude Juncker) y su equipo de comisarios han sido investidos por el Parlamento Europeo, que es una institución cuyos miembros sí han sido elegidos por sufragio universal, aunque ejercido por una parte relativamente reducida del electorado, excepto allí donde el voto es obligatorio, como en Bélgica. Eso sí, la práctica totalidad de sus miembros han sido elegidos en listas cerradas y bloqueadas, no faltaría más, pero eso es algo de lo que en España no es fácil quejarse ¿O acaso algún partido, incluso esos dos nuevos que han entrado en el Congreso, dice ahora ni mú respecto a cambiar la ley electoral en este sentido?

En fin, con o sin déficit democrático, el caso es que los británicos se van de la Unión. Para consolarse, hay quien dice que, total, tampoco es que estuvieran muy dentro, y algo de razón no les falta. Teniendo en cuenta que sus políticos, incluso los más europeístas, suponiendo que a alguno se le pueda llamar así, llevan décadas echando a Bruselas la culpa de todos los males, no es de extrañar que los británicos crean que Bruselas es una amalgama de todos los males, una especie de infierno sobre la Tierra, a tres horas de tren y poco más de una en avión de su capital.

Y yo creo que eso es lo que los políticos británicos van a echar en falta próximamente. Bueno, si no lo están echando ya.

En los días que han seguido al famoso referéndum, han dimitido todos los líderes de los partidos políticos británicos que tienen algo que decir, excepto el del partido laborista, que, de todas formas, ya veremos lo que aguanta, tal y como tiene el patio. Lo duro no es hacer frente a lo que les espera a los británicos en concepto de reorganización administrativa (alguien tendrá que hacer lo que hace hoy la Unión Europea, que hace más de lo que parece), descenso económico, disturbios sociales y escasez de fontaneros, no. Lo duro va a ser afrontar todo eso... sin poder echar la culpa a Bruselas de las medidas impopulares que van a tener que adoptar.

Y es que la función de Bruselas de ejercer de chivo expiatorio ideal para los gobiernos nacionales es prácticamente irreemplazable. En cualquier país lo vemos: que si los griegos tienen que apretarse tanto el cinturón que tendrían que hacer agujeros negativos, la culpa es de Bruselas (sección troika); que si a los españoles nos han subido el IVA del 15% inicial al 21% actual, la culpa es de Bruselas (que, sin embargo, nunca ha obligado a eso); que si los alemanes tienen que admitir refugiados a gogó y algunos se desmandan con las chicas, la culpa es de Bruselas (donde quien manda es Alemania, pero eso parece que no cuenta); que los portugueses son más bien bajitos, morenos y tirando a tristones, menos uno que lo han sacado del país para jugar en el Madrid, la culpa es de Bruselas... Y los ingleses, ¿a quién van a echar la culpa ahora? ¿A Rusia?

Llegados a este punto, toca un poquito de simpatía por Bruselas, como hay que tenérsela a cualquiera que, por muchos defectos que tenga (¡y tiene tantos!), nos ahorra un montón de pasta a los europeos y, si no, basta con imaginarse lo que sería esta administración trasplantada, aunque sea a un tamaño más reducido (sin servicios lingüísticos, por ejemplo), en cada uno de los países miembros, regulando a diestro y siniestro y satisfaciendo los caprichos de los políticos locales a la griega sin cortapisa que valga.

Que los políticos locales, nacionales, continentales y universales sean insaciables y ya se busquen la vida para tener un ejército de funcionarios a su servicio, sea necesario o no, es cierto, pero secundario en este contexto. De momento, hace falta alguien razonablemente independiente que les pare los pies, aunque a este alguien le lluevan críticas por las medidas que toma y, mucho más, por las medidas que no deja tomar a los otros. Y menos mal que no lo hace.

sábado, 18 de junio de 2016

Gens una sumus

Sigo en plan ajedrecístico, porque, con el pésimo junio que nos está haciendo en Bélgica, lo mejor no es dedicarse a los deportes al aire libre, eso desde luego.

Y sí, es cierto que me pude haber puesto en plan nacionalista y, hace unas semanas, haber escrito sobre Arturo Pomar, que falleció unos días antes que Víktor Korchnoi; sin embargo, ni se me pasó por la cabeza, mientras que, en cuanto supe que Korchnoi había muerto, me dije que no podía menos que escribir unas líneas, a pesar de que iba de cabeza, y sigo yendo de cabeza, igual que cuando murió Pomar.

Los ajedrecistas, al menos en cuestiones de ajedrez, no somos apenas nacionalistas. El título de esta entrada es el lema, en latín, de la federación internacional de ajedrez, la FIDE (sí, hemos tomado las siglas en francés) y, traducido al castellano, viene a querer decir "Somos una sola estirpe". Claro, luego cualquiera me vendrá a decir que le dijera eso a los soviéticos, que hacían el ajedrez una cuestión de estado, pero lo cierto es que era el estado el que era nacionalista y utilizaba el ajedrez como una arma más. Los jugadores lo eran mucho menos y se dedicaban a jugar, con todas las excepciones que se quiera, que las había, pero curiosamente no entre los jugadores de primera fila.

Arturo Pomar, las cosas como son, no despertaba pasiones ni siquiera en España, al menos desde que se puso pantalón largo. Antes sí, porque como niño prodigio logró un hito aparentemente inalcanzable, como fue hacer tablas con doce años con el entonces campeón del mundo, Alekhine (en la foto están los dos), en una partida en un torneo serio en la que tuvo posibilidades de victoria. Eso fue un bombazo, y eso que Alekhine estaba en una pronunciada curva de bajada, pero seguía siendo campeón del mundo. Es cierto que Pomar obtuvo resultados sobresalientes, incluyendo su campeonato de España con catorce años, pero su estilo, la verdad, no invitaba al entusiasmo. Tuvo la mala suerte de que le tocó vivir en España, y no en la Unión Soviética, y para sobrevivir se dedicó relativamente poco a la competición, y demasiado a las exhibiciones de simultáneas. Y, en las exhibiciones de simultáneas, jugando contra rivales muy inferiores a él, su estilo se fue haciendo más y más rutinario, viviendo de su superioridad estratégica y en el final. Tenía mucho oficio, pero así no se puede despertar el entusiasmo de la afición, además de que ya llevaba muchos años retirado. Ajedrecísticamente había "muerto" hacía bastante tiempo, algo más de treinta años, mientras que Korchnoi, que tenía exactamente su misma edad, prácticamente murió con las botas puestas, seguía siendo un jugador peligroso, y probablemente ya haya ganado el campeonato del cementerio. De Pomar no estamos tan seguros.

En España no tuvo ayuda, y no puedo decir que me parezca mal del todo, y que conste que soy ajedrecista y que, si en su día me hubiera dedicado a esto, cosa que no me planteé, probablemente habría conseguido algún título internacional. No estaba España entonces, ni lo está ahora, como para dar ayudas al deporte profesional. En los años de las vacas gordas y los constructores forrados sí que hubo bastantes ayudas, y España se convirtió en el país que organizaba los torneos con mayores premios de Europa y hasta del mundo, lo que sirvió para que nos visitaran jugadores de segunda fila de los países del Este que venían a llevarse nuestros premios. Así, por ósmosis, ha mejorado el nivel que tenemos, y bastantes jugadores han descubierto que en España se vive de miedo, se han quedado, se han nacionalizado, y ahora los tenemos como españoles.

Pomar, indudablemente, tenía talento, pero se malogró porque, para ser profesional, tenía que estar todo el santo día compitiendo y participando en agotadoras exhibiciones de simultáneas, y eso a la larga pasa factura, y a él le dejó un estilo demasiado posicional. En estas circunstancias, que llegase a ser el 40 del mundo tiene su mérito, pero no lo lleva al olimpo ajedrecístico y, al final, para ganarse los garbanzos tuvo que buscar un empleo, y así se convirtió en funcionario de Correos.

Como niño prodigio, es inevitable fijarse en el otro caso sintomático, Sammy Reshevsky, que nunca fue un jugador profesional, pero que seguramente tuvo más talento que Pomar, porque logró sobrevivir a la explotación de sus padres, que le hacían jugar sesiones y más sesiones de simultáneas para sobrevivir en los Estados Unidos de la depresión, y llegar a ser el único jugador no soviético, hasta la llegada de Fischer y Larsen, en tener posibilidades de ganar un campeonato mundial. Sammy Reshevsky sobrevivió a las simultáneas, había sobrevivido a los ocupantes alemanes de Polonia, sobrevivió a los soviéticos, se hizo agente de seguros (que era lo que le daba de comer), y aún tuvo ocasión de participar regularmente en torneos internacionales, con un estilo de superviviente verdaderamente único que le llevó a ser un contrincante muy temido por su habilidad para levantar posiciones medio perdidas. Sobreviviendo.

Su último intento de llegar a campeón mundial lo hizo con nada menos que 57 años, una edad a la que Pomar ya llevaba retirado varios años. Se consiguió clasificar en el torneo interzonas, pero cayó en cuartos de final del torneo de candidatos frente a un jugador con el que tenía mucho en común y del que se oiría hablar mucho en las décadas siguientes, pero que era bastante más joven que él: Víktor Korchnoi.

lunes, 6 de junio de 2016

Ha muerto la leyenda

Por fin encuentro algo de tiempo para volver por aquí, después de un mes avinagrado por el tiempo espantoso que ha estado haciendo en Bruselas. Finalmente, hoy ha salido el sol en Europa Central... pero no para todos.

Ha fallecido uno de los más grandes, al que está bitácora de refirió en una época relativamente lejana: Víktor el Terrible, un luchador. Hoy, que he vuelto al ajedrez activo, aunque mi nivel de forma está, lógicamente, a años luz del que tenía en mi mejor año, 1997, en que pasaba holgadamente de los 2200 puntos ELO, Víktor Korchnoi sigue siendo un ejemplo.

El tío siguió siendo durísimo hasta sus últimos días. El año pasado, después de haber sufrido un ictus y en un estado físico lamentable, sin casi poder hablar, se atrevió a aceptar un desafío contra Wolfgang Uhlmann en una exhibición previa al Zurich Challenge, el torneo del año en Suiza, y Víktor Lvovich, al fin y al cabo, ha muerto suizo.

Wolfgang Uhlmann, que hoy tiene 81 años, está en un estado físico que ojalá tenga yo a su edad. De hecho, aún juega en la Bundesliga en primera división, y la primera división de la Bundesliga es el torneo por equipos más fuerte del mundo, así que no es que nos hallemos ante un abuelito retirado. Pues bien, Korchnoi le ganó una partida y le empató el encuentro, habiendo pasado un ictus. Olé.

Hoy tenemos una leyenda viva menos. Descanse en paz.

jueves, 12 de mayo de 2016

Cambios de costumbres

Como diría Ro en uno de los accesos adolescentes, los terroristas han ganado.

Bueno, Ro lo dice cuando no le dejamos ir al centro porque hay una redada en curso y se espera un pepinazo de un momento a otro. Nosotros le decimos que puede ir a muchos sitios que no son el centro y donde se lo puede pasar uno muy bien en pandilla, pero, mira por dónde, si no puede ir al centro, no hay nada que hacer, hemos cedido ante el chantaje terrorista y, en consecuencia, los sarracenos han ganado.

A mí me joroba mucho que los sarracenos ganen, pero creo que me jorobaría mucho más que hubiera un pepinazo que se llevara a Ro por delante. No tengo vocación de pariente de víctima del terrorismo.

Sin llegar a tales extremos, sí es verdad que se aprecia un cierto cambio de costumbres entre los habitantes de Bruselas. Ya hace algunas semanas, precisamente desde los atentados, que el tráfico en Bruselas está peor que nunca. Y no sólo de coches, que también. Es que hay más motos que nunca, y más ciclistas que nunca. Y el otro día entré en el metro y estaba prácticamente vacío, un lunes por la mañana en hora punta. Vale que el lunes por la mañana no es el día favorito del, ejem, laborioso pueblo belga, pero he tomado el metro otras veces en lunes por la mañana y había bastante más gente.

Todos los indicios apuntan a que el belga con posibles ha resuelto dejar el transporte público para quien no tenga más remedio que usarlo, y pasarse al transporte privado.

Y tan privado. Hace unos días, por motivos que no vienen al caso, dejé la bicicleta en casa y me fui con Alfina al trabajo en coche. Entre atasco y atasco, me entretuve mirando los coches que nos acompañaban, y no había ni uno, pero ni uno, que tuviera más pasajero que el propio conductor, lo cual es una de las probablemente peores características del tráfico belga: que, por muchas proclamas ecológicas que el gobierno lance, el ciudadano hace de mangas capirotes y va a la suya y pasa olímpicamente de compartir el coche con nadie, eso que en francés fino se llama covoiturage. Porque eso de ir a la suya es tremendamente belga. Es verdad que todavía no hemos llegado a los extremos absurdos de atascos que hemos vivido en Moscú, pero, si les damos tiempo, no tengo dudas de que vamos en esa dirección, por mucha capital de Europa que presuma de ser.

Va a tener razón Ro: los terroristas han ganado. No parece sino que fueran pagados por el lobby de las petroleras.