viernes, 17 de marzo de 2017

A la porra la puerta del garaje

Habíamos dejado a la empresa de puertas de garaje (supuestamente) enviando un presupuesto mes y pico después de lo prometido, en vísperas de Navidad y, además, incompleto y, por si fuera poco, urgiendo su aceptación antes de final de año, lo que supondría, por cierto, una factura por el 30% de una cantidad desconocida por parcial.

Como lo menos que puede hacer una empresa es enviar un presupuesto completo, yo lo pedí, como vimos en la última entrada, con unos modales que hubieran hecho las delicias de mi tatarabuelo. Bueno, si hubiera coincidido con tratarse del único de mis tatarabuelos que sabía leer.

David, el operario de la empresa de marras, parecía desatado ¡Respondió el mismo día! Y qué menos que traducir sus palabras.

Buenos días, señor:

Gracias por su rápida respuesta. No se preocupé usted por el plazo de entrega en relación con el del presupuesto.

Sobre el presupuesto del chasis y las guías, ¿quién ha ido a su casa a tomar las medidas? Si le es posible a usted comunicármelo, podría pedir a mi colega qué sucede con su presupuesto.

Sobre el plazo de entrega, habría que contar de seis a ocho semanas para la puerta de garaje y lo mismo para la puerta de entrada.

Igualmente, le deseo buenas fiestas de fin de año a usted y a su familia.

Un saludo,

David Gómez


Vaya pieza. No sé qué me admiró más: si la dureza granítica de su rostro, o su inconsciencia en desear 'felices fiestas de fin de año' a un cliente que a eso lo llama 'Navidad'. El caso es que me lo estaba pasando bien y le respondí inmediatamente. No pasa tan a menudo que un pollo como éste esté trabajando.

Buenos días, señor Gómez:

Nadie ha venido a nuestra casa a tomar medidas, salvo usted mismo. Ni siquiera sabía que debíamos esperar una segunda toma de medidas.

Por tanto, le pediría hacer lo necesario en este sentido. En todo caso, me parece que el presupuesto no llegará antes de fin de mes, por lo que, supongo, será necesario un nuevo presupuesto para las puertas, ya que el que ha hecho usted no es válido sino hasta el 31 de diciembre de 2016.

En conclusión, me preguntó qué hacer.

Un saludo,

Alfor von Buchweizen


El lector ya percibirá que me estaba empeando a chotear de David. Ya que me había hecho esperar una eternidad, ahora le decía que no me importaba esperar otra. Claro, lo que él no sabía es que las posibilidades de que acabara trabajando con su empresa habían desaparecido por completo, y ya sólo seguía el contacto por la gracieta.

Y el caso es que el tío respondió enseguida, el mismo día. Estaba lanzado, el tío.

Señor:

Visiblemente, ha habido un gran malentendido. Cuando pasé por su casa, nadie me informó de que tenía usted un chasis para medir, ni tampoco me informaron de que había que tomar más medidas.

Transmitiré sus datos de contacto a mi colega, el que se ocupa de los chasis, y él contactará con usted para tomar las medidas.

Una vez haya recibido todos los presupuestos, usted podrá elegir tranquilamente tras las fiestas.

Propongo que procedamos así.

Un saludo,

David Gómez


La desfachatez de David iba en aumento. No le quise recordar que el cliente no tiene por qué saber de pe a pa todo sobre las puertas de garaje, y que para eso está él, para explicarlo, y que fui con fotos del garaje, por dentro y por fuera, y que se supone que el experto es él y está para aconsejar, no para rascarse la barriga y buscar una causa que justifique su incompetencia. Pero yo le seguí el juego, claro que sí. Y le respondí enseguida, el mismo 20 de diciembre de 2016 que es cuando todos estos correos electrónicos vieron la luz.

Buenos días, señor Gómez:

Probablemente es un gran malentendido, como dice usted. No tenía ni idea que en su empresa hubiese personas diferentes que se ocupan, unos de las puertas, y otros de los marcos, y que los dos deban tomar sus medidas por separado. En realidad yo no he entrado en contacto más que con usted, y yo suponía que ustedes ya se organizarían internamente.

Comienzo a comprender que esto es mucho más complicado de lo que yo pensaba... ¿Hay más puntos de contacto específicos en su empresa?

En fin, espero la llamada de su colega para tomar cita, supongo que eso ya será después de las fiestas.

Un saludo,

Alfor von Buchweizen


David envió, unos minutos después, un último correo, que rezaba como sigue:

Señor:

Yo, personalmente, soy el técnico de las puertas de garaje y de las puertas de entrada. Mi colega se ocupa sólo de los marcos.

Si yo hubiera sabido que usted tenía que medir marcos desplazables, él hubiera venido conmigo para tomar sus medidas.

Así es como trabajamos. Ahora, con este malentendido, confieso que es fácil despistarse.

Yo me encargo de transmitir sus datos de contacto a mi colega.

Un saludo,

David Gómez


Ésta fue la última comunicación que intercambiamos David y yo. Jamás recibi llamada alguna de ningún especialista en marcos, chasis o sursumcorda de la empresa. No sé si porque David no hizo honor a su promesa de transmitir mi correo y mi teléfono a su colega, o si porque éste no juzgó la aventura digna de su atención. En cualquier caso, lamentablemente, el caso es demasiado representativo de la actitud bruselense ante la clientela y sus circunstancias.

Dicho esto, mientras estoy escribiendo estas líneas, está teniendo lugar la instalación de la puerta de garaje, por tanto, algo ha debido pasar entretanto, pero lo dejaremos para otra entrada, no porque se haga tarde, que también, sino porque ésta ya ha quedado demasiado larga, y no es plan.

miércoles, 15 de marzo de 2017

El presupuesto de la puerta de garage

Nos habíamos quedado en el momento en que David, operario de la empresa de construcción e instalación de puertas de garaje, había pasado por nuestra residencia a tomar las medidas, después de poner a prueba nuestra intolerancia al incumplimiento de plazos. Hay que decir que ese parámetro, la intolerancia al incumplimiento de plazos, parece jugar un papel realmente importante en las relaciones entre proveedor y cliente en el Reino de Bélgica.

La intolerancia al incumplimiento de plazos se define como la energía de reacción del cliente (medida en julios), dividida por el tiempo (en días) en que se produce la misma contado desde el momento en que el plazo se ha cumplido. Esto es importante: la intolerancia (o resistencia) al incumplimiento de plazos (RIP, en adelante) depende positivamente de la energía que imprime el cliente a su reacción. Por ejemplo, podemos medir la temperatura producida por su acaloramiento y estimar la energía térmica empleada, o bien medir la energía cinética producida por los puñetazos sobre la mesa dados por el cliente impaciente.

Por otra parte, la RIP depende negativamente del tiempo transcurrido. Si, antes de terminar el plazo, el cliente ya está dando la murga al proveedor, la RIP podría ser incluso negativa, pero convencionalmente suponemos que no puede ser inferior a cero. En esos casos, hablamos de una intolerancia infinita. Obviamente, la intolerancia es menor cuanto más tarde se produce la reacción, y es equivalente a cero si la reacción no se produce en absoluto, tendiendo a cero cuando más alejada está la reacción del final del plazo.

En general, pues:

RIP = E / t

En su primer intento, David se dio cuenta de que mi RIP era posiblemente igual a cero. En efecto, pasaron varios días sin dar la menor noticia, y yo ni le llamé, ni puse el grito en el cielo, ni hice siquiera amago de querer hablar con su jefe. En estas circunstancias, la reacción del empleado belga típico consiste en retrasar cualquier cosa que tenga que hacer, seguro de su impunidad. Recordémoslo bien.

En el caso que nos ocupa, nos encontrábamos a mitad de noviembre del año del señor de 2016. Pasó un día. Pasaron dos. Y no pasó nada.

Pasó una semana. Pasó otra. Pasó una tercera. Lo único que no pasó fue el presupuesto.

Yo, torpe de mí, por razones de salud mental, había resuelto no reaccionar. Después de unas obras durísimas (otro día contaré la aventura de los muebles de cocina), lo último que deseaba era hacer mala sangre y darme de cabezazos contra un muro, así que decidí no perder la compostura bajo ningún concepto y confiar en lo que yo, iluso, pensaba sería la profesionalidad habitual de cualquier empresa existente. No podía ser que una calamidad de empresa subsistiera con un servicio tan lamentable.

Jo que no...

El presupuesto llegó, finalmente, el 16 de diciembre, unos días antes de irnos a España de vacaciones. Muy serio, David me daba un presupuesto de unos 2.500 euros, pero decía que nos haría una rebaja de 350 euros. Eso sí, decía que el presupuesto del chasis y las guías me lo enviaría un compañero suyo que se ocupa de los chasis (y de las guías, claro, espero que fuera el mismo). Y, cágate lorito, me pedía que aceptara el presupuesto antes del 31 de diciembre, porque después la oferta no era válida. O sea, que me manda una jerigonza con aumentos y disminuciones por aquí y por allá, un presupuesto incompleto, porque ya me dirá para qué quiero una puerta sin chasis, o sin marco, o como se diga eso en castellano.

Y, después de tardar un mes en preparar un documento birrioso e incompleto, tengo que aceptarlo en quince días, la práctica totalidad de los cuales no son laborables, y además me cuela de rondón las condiciones generales de venta, que me obligan a pagar un 30% al firmar la aceptación, y en cambio, ellos no tienen ningún plazo para cumplir con sus obligaciones.

Muy fuerte. Mucho.

En vista de las circunstancias, decidí actuar con presteza. Mi RIP subió como la espuma: mucha energía no hubo, vale, pero al menos la reacción fue rápida.

El mismo día (RIP, por tanto, tendente a infinito), le envíe un correo que, traducido, decía así:

Buenos días, señor Gómez (vamos a llamarle así, aunque no sé si merece el anonimato):

Le agradezco el envío del presupuesto.

No obstante, comprenderá usted que, de momento, no estoy en condiciones de aceptarlo, habida cuenta de que falta el presupuesto de las guías y del marco.

Así pues, le pediría respetuosamente que me hiciera llegar lo antes posible el presupuesto COMPLETO, sin el cual nos es imposible tomar una decisión.

Además, le pediría igualmente que he hiciese saber el plazo normal de entrega y montaje de las puertas, para poder hacer mis previsiones de pagos.

Debo confesar que estoy un poco preocupado por el plazo que ha supuesto enviar un presupuesto (parcial), y me pregunto si la entrega y el montaje de las puertas van a seguir la misma pauta temporal.

Finalmente, y por si no recibo noticias suyas antes del domingo próximo, le deseo una muy feliz Navidad.

Cordialmente,

Alfor von Buchweizen


¿No es fantástico? Vale, mucha energía no hay, aunque yo creo que hasta un tipo tan torpe como David podía adivinar el tufillo socarrón que anida entre las líneas del correo.

Yo esperaba que el pollo no respondería hasta Pascua, por lo menos, pero ¡qué va! Está visto que, una vez se despertó, estaba en modo apresurado. Respondió al día siguiente y, efectivamente, será al día siguiente cuando lo veamos.

Porque, hoy, claro, se hace tarde.

Las medidas de la puerta de garaje

Al día siguiente, David no me llamó, lo cual ya me debió ir mosqueando. Había cogido una tarjeta de su mesa, y me pregunté si llamarle o no para recordarle que debía pasar a tomar medidas, pero aquí en Bélgica me da la impresión de que las cosas funcionan de manera parecida a como lo hacían en Rusia, en que tú eres el cliente, sí, pero quien manda no eres tú, sino que tu proveedor te hace un favor al proveerte. En Rusia, y más aún en Moscú, en los últimos años, las cosas habían cambiado mucho, supongo que gracias a la competencia y esas zarandajas. En Bélgica, yo no sé qué pasa, pero un huevo de empresas parecen no necesitar clientes y tienen que quitárselos de encima para que no les molesten. Como hacerlo así, directamente, está feo, lo hacen de manera indirecta, y una de las maneras indirectas, al menos la más efectiva, es tratarnos a patadas.

Decidí no llamarle. Me da la impresión de que cada vez que llamas a alguien que, de suyo, debería perseguirte a ti, estás haciendo el canelo y les das pie para que te traten de manera todavía peor, a ver hasta dónde pueden llegar impunemente.

Más o menos una semana después, David llamó para quedar a tomar medidas. Estupendo, sólo una semana de retraso, voto a Bríos. Dijo que se pasaría el martes siguiente, lo cual nos venía razonablemente bien.

El martes, aproximadamente media hora más tarde de lo que dijo, una figura grande y pesada atravesaba la calle y aparecía por nuestra residencia. Era él. Como había llegado cuando quiso, yo ya estaba saliendo por la puerta para conducir a Ame a una clase que tenía lejos del barrio, así que fue Alfina quien lo atendió.

A mi vuelta, requerí qué tal le había ido.

- Bien. Tomó las medidas, y luego me estuvo explicando cómo funcionaría.

Otra cosa no, pero palabrería, toda la que haga falta.

- ¿Y ahora qué?

- Dice que pasado mañana pasará el presupuesto.

Ay, ay, ay... Pasado mañana...

sábado, 25 de febrero de 2017

El vendedor de puertas de garaje

Por fin me estaba atendiendo alguien en aquel comercio. David, que tal era efectivamente el nombre del dependiente de marras, me hizo sentar delante de él.

- Entonces, ¿quiere cambiar la puerta de su garaje?

- Sí, he traído unas fotos. Ahora se las enseño.

- A ver.

Y es que yo iba preparado y todo. Antes de salir, había hecho unas fotos del garaje desde el interior y desde el exterior, para que me pudiera ofrecer algo coherente.

- Mmmm... - murmuró David.

- ¿Se puede hacer?

- Sí, sí, se puede hacer. Podemos poner una puerta abatible, o una puerta seccional, que parece lo más adecuado aquí.

Siguió un ratito de explicaciones técnicas, que seguí a duras penas, porque mi francés jurídico ya es bastante bueno, pero mi francés de puertas de garaje y sus circunstancias como que aún no se ha desarrollado lo suficiente.

- Bueno, pues háganme un presupuesto de lo que cuesta cada cosa.

- Primero tengo que ir a tomar las medidas.

- Claro. Si quiere y tiene tiempo, podemos ir ahora.

Iluso de mí.

- No, ahora no puedo, porque tengo una visita, pero le llamaré mañana y ya quedaremos para que pase por allí.

- Oiga, ya de paso, y como también tienen puertas de entrada, quizá nos gustaría cambiarla también.

- Bueno, eso aquí lo lleva otro colega, pero las medidas las puedo tomar yo ¿Qué tipo de puerta le gustaría?

- Hombre, una puerta seria, de un color gris. Bueno, de colores mejor que opine mi esposa, que de eso yo no controlo nada.

- Ah, ya. Bueno, tenemos estas puertas de entradas que ve usted aquí expuestas, y cualquiera de ellas se puede adaptar fácilmente a su caso, pero claro, mejor que lo hable con mi colega, el que se ocupa de las puertas de entrada. Lo mío, ya sabe, son las de garaje.

- Vale, entonces me llama mañana y toma las medidas.

- Mañana mismo le llamo sin falta.

- Hasta mañana entonces.

Y salí de la tienda. Pensé en despedirme del tipo que me había recibido en primer lugar, pero seguía muy concentrado mirando Dios sabe qué en el ordenador, así que pensé que no era cuestión de molestarlo. Pobrecito.

miércoles, 15 de febrero de 2017

En la tienda de puertas de garaje

Decíamos ayer (y, por una vez, fue realmente ayer, y no hace dos o tres meses) que nos hacía falta una puerta para nuestro garaje. Y nos habíamos quedado en el momento (emocionante, lo sé) en que atravieso con la intrepidez que me caracteriza un comercio belga y me dirijo a un dependiente, igualmente belga.

El dependiente está sentado delante de un ordenador, aparentemente trabajando. Una mirada un poco más atenta, y la experiencia de muchas tardes viendo a gente que, aparentemente, trabajaba, me permite convencerme de que lo que hace es mirar fijamente una pantalla. Decido prescindir de lo que pueda estar mostrando esa pantalla, y le dirijo la palabra.

- Buenas tardes, yo querría cambiar la puerta de mi garaje, y vengo a ver qué me pueden ofrecer.

El dependiente me mira con aspecto extrañado. Por un momento pensé que me había equivocado de tienda.

- Puertas de garaje, puertas de garaje... - el dependiente se puso a repetir su mantra.

Hice memoria. Giré la cabeza, y a mi alrededor no se veía otra cosa que puertas. La mayoría eran de interior, y alguna de entrada, y justo en la mesa vecina del dependiente había un catálogo abierto de puertas de garaje. O el dependiente era nuevo, o se estaba quedando conmigo, o era belga, o las tres cosas.

- No sé quién tendra puertas de garaje.

- ¿No? Pero, en su página web, dice que ustedes se dedican a las puertas de garaje.

- Sí, posiblemente diga eso. Preo, claro, hay que encontrar a la persona adecuada.

- ¿Y no está aquí? - pregunté haciendo acopio de paciencia y recordando que hacía tiempo que no releía "El castillo" y que quizá no sería una mala idea.

- Ufff... Hay alguien, sí... hay alguien...

Era noviembre. Los días, que sólo ahora empiezan a alargarse, eran cortísimos, y la luz del sol, a las cuatro de la tarde, comenzaba a apagarse. El cielo estaba gris, y el ambiente resultaba opresivo. Me erguí a la espera de que el dependiente haciera algo, lo que fuera. Éste comprendió que no me iba a ir tan simplemente y que, si quería seguir mirando lo que hubiera en la pantalla, primero iba a tener que librarse de mí.

- Voy a llamarlo - dijo, con un tono de voz en el que se apreciaba un mínimo, muy mínimo, de resolución.

Tomó el teléfono, marcó un número y, cuando hubo recibido una respuesta, comenzó a hablar:

- Ha venido una persona que quiere cambiar la puerta de su garaje.

- (...)

- Sí, ya se lo he dicho.

- (...)

- ¿Me podeis pasar con David?

- (..)

- Bueno, pues dadme su número.

- (...)

- Gracias.

Y colgó. Enseguida se dirigió a mí.

- Voy a intentar hablar con David. David tiene puertas de garaje. Le podrá ayudar.

- Vamos a ver.

- Yo hago lo que está en mi mano.

El dependiente volvió a marcar un número.

- David, ¿dónde estás?

- (...)

- Tengo aquí una persona que quiere cambiar la puerta de su garaje.

- (...)

- No lo sé. No se lo he preguntado ¿Puedes venir?

- (...)

- Gracias. Te espero.

El dependiente colgó de nuevo y volvió a dirigírseme.

- Va a venir David. Ésa es su mesa. Espérele ahí.

Y señaló la mesa que estaba justamente a su lado, a menos de medio metro de mí, la que tenía el catálogo de puertas de garaje. A partir de ahí debió considerar que el asunto que yo le planteaba ya no era de su incumbencia y volvió a su pantalla de ordenador. Entretanto, la pantalla se le había bloqueado y, con un gesto de hastío, tuvo que pulsar un par de teclas para seguir con sus quehaceres.

Me quedé de pie delante de la mesa, esperando a que apareciera David. Como eso no sucedió enseguida, di un par de vueltas mirando las puertas de entrada que tenían y, como nuestra puerta de entrada, aunque se abre y cierra sin problemas, data igualmente de la época colonial, pensé en qué no sería mala idea cambiarla también.

Ya había mirado varias veces cada detalle de todas las puertas de entrada que tenían por allí, y ya no sabía qué hacer para hacer tiempo hasta que David se dignara atenderme, cuando finalmente vi a un joven de elevada estatura y andar reposado, que se acercaba hacia la mesa que me interesaba con aires de plantígrado recién salido de la hibernación. Como quería ver a mis hijos antes de que se fueran a la universidad, decidí tomar la iniciativa y le intercepté.

- ¿Es usted David?

- Sí... ¿Usted es el ha venido por una puerta de garaje?

- Ése soy yo.

- Ufff... bueno, siéntese.

Acepté su invitación pensando que estaba hablando con un profesional, como atestiguaba el catálogo, precisamente de puertas de garaje, lo que a mí me interesaba, que estaba abierto sobre el escritorio, a diferencia del dependiente de al lado, que debía ser pariente cercano del dueño, a juzgar por su actitud inhibida.

Y con esto terminamos por hoy, quedando para mañana (o pasado, a saber) las aventuras que se sucedieron en aquel lugar que ya me estaba preguntando yo si era realmente una empresa de puertas de garaje, o la tapadera de un negocio mafioso o de una guarida de yihadistas ocultos en el almacén.

martes, 14 de febrero de 2017

La increíble aventura de la puerta del garaje

Creo que los lectores ya conocen sobradamente que, desde hace casi un par de años (¡cómo pasa el tiempo!) somos dueños de una casa y, desde hace algo menos de uno, después de un vía crucis en forma de obras en Bruselas, incluso la habitamos.

La casa está habitable, incluso perfectamente habitable, pero quedan cosillas por hacer, y una de ellas es la puerta del garaje. Es una puerta sólida, de cuando las cosas se hacían como Dios manda, incluso en Bélgica. Data del mismo año que la casa, allá por 1957, de cuando Bélgica aún era potencia colonial y expoliaba el Congo, antes de hacerse con las sedes de las instituciones comunitarias y pasar a expoliar al resto de los europeos, lo cual es mucho menos racista.

Pero, claro, desde 1957 ha pasado la friolera de sesenta años, y la puerta, no es que esté mal, que no, pero, por ejemplo, presenta algunos problemillas, el principal de los cuales es que no se abre, lo cual, quieras que no, es la función de una puerta. En realidad, no se abre desde fuera; desde dentro sí, y así es como se puede utilizar el garaje para algo. Yo llego con mi bicicleta, la dejo delante del garaje, abro la puerta principal de casa, entro al garaje por detrás, abro la puerta desde dentro, meto la bicicleta, y vuelvo a cerrar desde dentro. Incluso para alguien con mi paciencia, el proceso es tedioso. Además, cuando saco la bicicleta, hay que repetir el mismo proceso, sólo que al revés. No mola nada.

Cuando nos hubimos recuperado hasta cierto punto de la sangría que supuso comprar y reformar la casa, llegó el momento de pensar en cambiar la puerta. Uno pensaría que cambiar una puerta de garaje debe ser algo sencillo, pero ¡ja!, esto es Bélgica. A María Isabel, antes muerta que sencilla, se le debió ocurrir aquí la canción.

Yo hice lo que hubiera hecho en España. Un buen día cogí el buscador de Internet y pulsé 'portes de garage Uccle', porque uno estará más o menos hasta las narices del país, pero hasta cierto punto la elección de vivir en Uccle es mía y para ser consecuente tengo que tenerle algo de aprecio, y qué menos que dar una oportunidad al comercio local.

Me salió una dirección que parecia buena. Vi dónde estaba el establecimiento, y resulta que estaba muy cerca de la pista de entrenamiento de Ame, así que incluso podría aprovechar para hacer los trámites mientras Ame estuviera tratando de enchufar triples.

Bueno, en realidad me fije un poco más y mi gozo se quedó en un pozo, porque no, cuando los establecimiento cierran a las cinco y media y ni un minuto más no hay manera humana de visitar el lugar. Seguí hurgando por la página web, y tenían bastantes cosas colgadas y muchas fotos monas. Me llamó mucho la atención que alardearan de que sus productos eran cien por cien belgas, con calidad belga. Supongo que debía ser algo bueno, o eso creían ellos, pero yo noté un escalofrío en la espalda.

Sea como fuere, un buen día, que no tenía que ir al trabajo por la tarde, me acerqué al establecimiento con ánimo de dejar el asunto arreglado lo más pronto posible. Atravesé la puerta, miré a derecha e izquierda...

...y lo dejo aquí, porque se me hace tarde, pero prometo continuar. Sí, ahora de veras.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Navidad

A pesar del drástico descenso en el ritmo de publicación de entradas en esta mi bitácora, hay un par de situaciones al año que no se pasan nunca por alto. Una es el aniversario de la primera publicación. Cumplido el décimo aniversario, no tengo muy claro si mis arrestos me darán para llegar mucho más lejos, pero, mientras quede aliento, aquí estamos.

La segunda es la felicitación de Navidad, que no hay tampoco año que falte. Esta vez me ha tocado pasarla en la Valencia de mis entretelas, en lugar del Madrid mesetario. Una Valencia que, a diferencia de lo que es habitual, nos ha recibido empapada después de una gota fría absolutamente insólita en esta época del año. Y en Bruselas sin llover...

En fin, que feliz Navidad a los lectores que todavía se asomen por aquí, con mis mejores deseos. En el tintero se me quedan numerosos temas que abordar y que dan fe de la calamidad de país que es Bélgica. Uno se pregunta cómo es posible que sigan existiendo, después de las cosas que uno tiene que experimentar en la vida diaria y que me están llevando a un entrenamiento extraordinario de paciencia y resignación cristianas, más propias de Cuaresma que de Navidad. Si no fuera porque el espacio Schengen y la supresión de visados han obligado a los belgas a no meter demasiado el dedo en el ojo de quienes, extranjeros, vivimos aquí, diría que en Rusia se vivía más tranquilo siendo guiri. Pero no. De Rusia se podrán echar de menos cosas, pero las colas en los aeropuertos, los controles de pasaporte o la necesidad de estar pendiente del visado no están entre ellas.

Me gustaría hacer buenos propósitos con respecto a la frecuencia de publicación de entradas en la bitácora, que está de capa caída y no hay más culpable que yo mismo, pero prefiero no hacerlo. Uno hace lo que puede, pero el día tiene veinticuatro horas y ni una más, y sabe Dios que, si quiero dormir siete de ellas, no me queda gran cosa para dedicar a la escritura desenfadada que uso por aquí. Porque mi día a día también implica escribir, una y otra vez, pero no precisamente de forma desenfadada ni en castellano, sino todo tipo de escritos serios y sesudos, en un francés jurídico ceñudo y antipático, con abundantes citas de sentencias de este o aquel tribunal y con la pretensión de tener razón y ojito con quien se atreva a discutirlo. En comparación con esto, escibir en la bitácora es un alivio para los dedos, y es lástima que no pueda hacerlo más a menudo, pero uno tiene que ganarse los garbanzos, y luego es cuando se puede dedicar a filosofar. Así y todo, no pierdo la esperanza de filosofar un poco más el año que viene. Dios dirá.